Novela por capítulos

Las voces del silencio

El cielo se presentaba cerrado, cubierto de tupidas, pesadas y densas nubes, esas que amenazan durante horas, pero las cuales nunca se deciden a descargar. El viento parecía arrastrar un rumor perpetuo; un lamento lejano que no encuentra consuelo.

Elena detuvo el motor y el silencio se adueñó del mundo. Bajó del coche con las piernas rígidas y entumecidas y con los párpados hinchados por el sueño y el cansancio acumulado. Conducir no era de su agrado y el viaje había sido más largo de lo esperado. Los brazos le dolían por la tensión retenida en la pugna contra el volante. Levantó los brazos y estiró todo su cuerpo mientras un gemido de placer se escapaba involuntario por su boca.

Por el contrario, Mateo dormía plácido en el asiento trasero. Tenía la cabeza ladeada hacia la derecha. Con el rostro relajado, la boca entreabierta, y un mechón de cabello castaño pegado a la frente por el sudor, descansaba ajeno a todo. El cinturón de seguridad le cruzaba el pecho, ofreciéndole una mínima seguridad, lo cual no hacía sino incrementar el nudo en el estómago a Elena.
Alzó la mirada.
Frente a ellos, la casa los estaba esperando.

Alta, vieja, de madera oscura que el tiempo había deteriorado, con las ventanas cubiertas de polvo y las enredaderas abrazando las paredes como si asfixiarla fuera su intención. No necesitaba imaginársela vacía: lo parecía incluso así, erguida frente a ellos, como una de esas casas abandonadas que solo existen en las películas… o en los lugares a los que uno llega cuando ya no sabe muy bien a dónde va.
Elena suspiró antes de asomar la cabeza por la ventanilla entreabierta para despertar a su hijo.
—Llegamos, mi amor —lo zarandeó para despabilarlo.
Mateo entreabrió los ojos muy despacio y con un hilo de voz, aún dominada por el sueño, preguntó:
—¿Esta es ahora nuestra casa, mamá?
Elena sonrió, aunque no fue del todo sincera.
La nostalgia la invadía.
El hecho de dejar su vieja vida atrás no era fácil de superar.
—Sí. Esta será, a partir de ahora, nuestra nueva casa.
El niño se desabrochó el cinturón y bajó del viejo Ford —una de las pocas pertenencias que resistían el paso del tiempo e insistía en permanecer con ellos— arrastrando la mochila. Observó el lugar en silencio, con esa mezcla de curiosidad y miedo que tienen los niños frente a lo desconocido. Sus ojos viajaban de ventana en ventana, del primer al segundo piso. Recorrían todas las plantas de la fachada y escudriñaban hasta el último rincón de ella.
Un gesto de desagrado apareció en sus labios.
Elena, percatándose de ese gesto, dejó escapar una risa nerviosa.
—Ya verás, es más bonita por dentro —intentó tranquilizarlo.
Pero incluso al decirlo percibió que, algo en su interior, se tensaba.
Un pensamiento cruzó raudo por su mente: nuestra presencia la incomoda. No nos quiere aquí.
«Quizá sea», se contestó, «porque la casa está demasiado silenciosa».
Demasiado oscura.
Demasiado muerta.