Poco a poco, conforme el tiempo sea benévolo conmigo, irán apareciendo más capítulos de la novela corta que estoy escribiendo a la par que MAS DEL DUC, ESPERANZA
Las voces del silencio
Capítulo 1
Bienvenidos a casa
El cielo se presentaba cerrado, cubierto de tupidas, pesadas y densas nubes, esas que amenazan durante horas, pero las cuales nunca se deciden a descargar. El viento parecía arrastrar un rumor perpetuo; un lamento lejano que no encuentra consuelo.
Elena detuvo el motor y el silencio se adueñó del mundo. Bajó del coche con las piernas rígidas y entumecidas y con los párpados hinchados por el sueño y el cansancio acumulado. Conducir no era de su agrado y el viaje había sido más largo de lo esperado. Los brazos le dolían por la tensión retenida en la pugna contra el volante. Levantó los brazos y estiró todo su cuerpo mientras un gemido de placer se escapaba involuntario por su boca.
Por el contrario, Mateo dormía plácido en el asiento trasero. Tenía la cabeza ladeada hacia la derecha. Con el rostro relajado, la boca entreabierta, y un mechón de cabello castaño pegado a la frente por el sudor, descansaba ajeno a todo. El cinturón de seguridad le cruzaba el pecho, ofreciéndole una mínima seguridad, lo cual no hacía sino incrementar el nudo en el estómago a Elena.
Alzó la mirada.
Frente a ellos, la casa los estaba esperando.
Alta, vieja, de madera oscura que el tiempo había deteriorado, con las ventanas cubiertas de polvo y las enredaderas abrazando las paredes como si asfixiarla fuera su intención. No necesitaba imaginársela vacía: lo parecía incluso así, erguida frente a ellos, como una de esas casas abandonadas que solo existen en las películas… o en los lugares a los que uno llega cuando ya no sabe muy bien a dónde va.
Elena suspiró antes de asomar la cabeza por la ventanilla entreabierta para despertar a su hijo.
—Llegamos, mi amor —lo zarandeó para despabilarlo.
Mateo entreabrió los ojos muy despacio y con un hilo de voz, aún dominada por el sueño, preguntó:
—¿Esta es ahora nuestra casa, mamá?
Elena sonrió, aunque no fue del todo sincera.
La nostalgia la invadía.
El hecho de dejar su vieja vida atrás no era fácil de superar.
—Sí. Esta será, a partir de ahora, nuestra nueva casa.
El niño se desabrochó el cinturón y bajó del viejo Ford —una de las pocas pertenencias que resistían el paso del tiempo e insistía en permanecer con ellos— arrastrando la mochila. Observó el lugar en silencio, con esa mezcla de curiosidad y miedo que tienen los niños frente a lo desconocido. Sus ojos viajaban de ventana en ventana, del primer al segundo piso. Recorrían todas las plantas de la fachada y escudriñaban hasta el último rincón de ella.
Un gesto de desagrado apareció en sus labios.
Elena, percatándose de ese gesto, dejó escapar una risa nerviosa.
—Ya verás, es más bonita por dentro —intentó tranquilizarlo.
Pero incluso al decirlo percibió que, algo en su interior, se tensaba.
Un pensamiento cruzó raudo por su mente: nuestra presencia la incomoda. No nos quiere aquí.
«Quizá sea», se contestó, «porque la casa está demasiado silenciosa».
Demasiado oscura.
Demasiado muerta.
Elena abrió la puerta y su nuevo hogar los recibió exhalando un aliento que había estado conteniendo durante demasiados años.
El ambiente era denso, espeso y cargado de ese olor a encierro que te atrapa y te envuelve, intoxicándote hasta la última célula: olía a madera vieja; a cuero de otra época.
El moho acumulado, agrio y ácido, les golpeó la nariz.
La humedad reinaba en una atmósfera sobrecargada: un penetrante olor a tierra mojada que impregnaba todo el lugar.
La pesadez en el pecho fue inmediata, así como un picor persistente en la garganta.
A Elena, la sensación de que aquella casa les rechazaba, enseguida le hormigueó la piel.
El viejo suelo crujía bajo cada paso, como si protestara por la intrusión.
Elena se acercó a la pared más próxima y corrió las cortinas para dejar paso a la mortecina luz de la tarde. Abrió las ventanas con la intención de hacer el aire más respirable. Las motas de polvo comenzaron a danzar y flotar entre los últimos rayos dorados del día.
—¿Puedo explorar? —preguntó Mateo, más despierto y animado.
—Claro, pero despacio, sin correr. Y no subas al altillo, ¿de acuerdo? Está lleno de cajas sucias y no quiero que te manches.
El niño salió disparado, riendo.
Elena lo siguió con la mirada, inquieta.
Desconfiada.
Cuando desapareció de su vista se dirigió hacia la cocina. Esta parecía congelada en el tiempo: muebles de roble oscuro, una nevera antigua de las que el congelador se encuentra en el interior y un reloj de pared que había dejado de latir hacía tantos años como los que contaba Mateo multiplicados por diez. Apoyó las manos en la encimera.
«Esto es un nuevo comienzo», se dijo. «Lo necesitamos.»
Elena llevaba meses buscando ese «nuevo comienzo».
Después de la separación, las discusiones y las noches sin dormir, necesitaba un lugar donde reconstruir su vida, y la de Mateo. Cuando su tía abuela le dejó la casa en herencia, le pareció que era la señal que tanto necesitaba y anhelaba. Un sitio lejos de Villarroya del Mijares, lejos del ruido y de las miradas cargadas de lástima.
Un lugar para respirar y empezar a vivir.
Pero al recorrer el pasillo del segundo piso, donde se encontraban las habitaciones, algo le llenó de inquietud.
El empapelado despegado en las esquinas, las grietas en el techo, los espejos manchados… y ese retrato al final del corredor: una mujer de cabello negro azabache y recogido en un alto moño, de rostro severo y cuyos ojos parecían seguirla a todas partes.
—¿Mamá?
Mateo apareció detrás de ella.
—Hay una puerta cerrada en el pasillo de abajo.
—Debe ser el sótano —Elena intentó sonar despreocupada—. Luego lo revisamos. Ahora, ¿me ayudas con las cajas?
Mateo asintió, pero antes de volver a salir corriendo, echó un vistazo al retrato.
—No me gusta ese cuadro mamá, no me gusta cómo me mira.
Elena tragó saliva.
—A mí tampoco, cielo —se giró para seguir a su hijo pero no había avanzado ni dos metros cuando se detuvo y, sin pretenderlo, se descubrió mirando de nuevo a los ojos de la mujer del cuadro—. No, definitivamente tampoco me gusta.